Se dice que entre los años 1525 y 1530, cuando el conquistador español Nuño de Guzmán llegó por estor rumbos, no le resulto fácil encontrar la manera de franquear la “endiablada y áspera” Barranca y cruzar el Río Santiago, entonces llamado Río Grande, por las muchas piedras que éste tenía (Marín Tamayo, 1992). Con seguridad la fuerza y vastedad del río no permitían el avance de las tropas invasoras que además tuvieron la respuesta de los guerreros de los pueblos purépechas, cocas, cazcanes o tochos, nahuas, wirraritari, tecuales, guachichiles, zacatecos, tepecanos y tecuexes, entre otros, que resistieron y combatieron al ejército invasor por varias décadas en esta región. Más de 500 años después, cruzar el Río Santiago sigue siendo peligroso. Ya no por la fuerza y profundidad de su caudal sino porque sus aguas contienen tal cantidad de sustancias tóxicas que resultan letales para quienes toquen, respiren o absorban un poco de ellas, así como para el entorno natural de los pueblos y comunidades del Río Santiago en el estado de Jalisco, México. Por tales razones actualmente se le considera como un río muerto en el cual hace más de 30 años es imposible toda vida.