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La grieta que divide a Íntag

¿Por qué una población que resistió veinte años a la minería se está fraccionando? 

A la una de la mañana sonó el teléfono de Ileana Torres: “Mija, soy Javier, estoy detenido, algún día he de regresar”. La llamada de su esposo, el dirigente comunitario Javier Ramírez, se cortó. Era la madrugada del 11 de abril del 2014. Ramírez había sido apresado por cargos de rebelión y sabotaje. La Empresa Nacional de Minería del Ecuador (Enami) acusó a Ramírez y a un grupo de campesinos de lanzar piedras al parabrisas de una camioneta en la que unos ingenieros ingresaban al área de concesión del proyecto minero Llurimagua. Son cerca de cinco mil hectáreas para la exploración y extracción de cobre en la zona Íntag, en Imbabura, una pequeña provincia del norte de la sierra ecuatoriana. Han pasado siete meses y Ramírez no ha regresado a su casa.

Un camino que atraviesa ríos y fincas abrazadas por árboles conduce a Junín, una de las setenta y seis comunidades de Íntag. Esta población se ha opuesto a la minería durante veinte años. Logró que dos multinacionales, la japonesa Bishi Metals, en los noventas, y  la canadiense Ascendant Copper, en la década del 2000, tuvieran que retirarse de la zona. Sin embargo hoy, Íntag está dividido. Las fachadas de algunas casas reflejan la discrepancia que ahora existe en el pueblo: unas tienen posters que promocionan los beneficios de la minería y otras expresan su rechazo.

Intag: Terrorismo de estado

IntagIntag1.- Luego de varios viajes al Ecuador, es la primera vez que estoy personalmente en la zona de Intag. Sus montañas, de una belleza conmovedora y generosidad exuberante, vienen dando que hablar bastante en las últimas décadas. Yo escuché de ellas allá por 2005, cuando empezaba las investigaciones para mi tesis doctoral. Me enteré por entonces de uno de los primeros y más fuertes conflictos provocados por la nueva ola de fiebre mineral que se desató desde la última década del siglo pasado en América Latina. La lucha de las comunidades campesinas de Intag contra la Bishi Metals (empresa minera japonesa ligada al holding de Mitsubishi Corporation) en 1997 y más tarde contra la Ascendant Copper Co. (canadiense) en 2002, sería no sólo una de las pioneras, sino también emblemáticas en la defensa de los sistemas de vida locales, amenazados por las crecientes pretensiones extractivistas. Muchas otras resistencias contra mega-proyectos mineros en la región, se inspirarían más tarde en la valentía de esas comunidades al enfrentar y finalmente expulsar a esas grandes corporaciones, que ya en aquellos años supieron desplegar todo el arsenal de violencia diversificada que les es característico: donaciones y persecuciones, sobornos a líderes locales y dirigentes políticos, agresivas campañas mediáticas prometiendo el “desarrollo” y “nuevos empleos”, y hasta el amedrentamiento y las balas de fuerzas parapoliciales… Nada de eso pudo quebrantar entonces la férrea convicción de esas comunidades; para ellas era claro que ninguna promesa de “desarrollo” y de “oportunidades de enriquecimiento” era siquiera comparable a las riquezas, bellezas y bienestar que ellos ya disfrutaban y cultivaban con sus sistemas de vida. Antes que se transformara en un potente concepto político extendido a lo largo y a lo ancho de Nuestra América, antes de que la cartografía de los imaginarios políticos se viera sacudida por la emergencia de un nuevo horizonte emancipatorio condensado en la voz quecha de Sumaj Kawsay, esas comunidades de Intag ya sabían de qué se trataba el BUEN VIVIR… Ellos viven, practican, cultivan y disfrutan del Buen Vivir. Ya desde entonces, ellos saben que ese Buen Vivir nace y depende de sus montañas; han aprendido, por tanto, muy bien que el “desarrollo” es la principal amenaza, el arma más poderosa que apunta, hoy por hoy, contra el Buen Vivir…