No creo que haya un lugar sobre la Tierra que se parezca más al infierno bíblico o al apocalipsis planetario que el terrible paisaje social y ambiental que uno puede ver y sufrir a lo largo de la carretera Interoceánica Sur, entre los kilómetros 90 y 140, en Madre de Dios. Ninguna descripción de esa realidad ni siquiera es un pálido remedo de esa realidad. Pero intentemos describir "Delta" y "Huacamayo", las dos peores muestras de la destrucción. Empezando por el paisaje, por la naturaleza. Madre de Dios es la capital de la biodiversidad y seguramente sólo hace cinco años allí donde ahora sólo se pueden ver túmulos de arena muerta, inmensos socavones en la tierra, un desierto imposible de imaginar en el paraíso de la megadiversidad, habían bosques primarios poblados de shihuahuacos, cedros, caobas y aguajes y de una fauna de aves que ocupaban uno de los primeros lugares en el ranking mundial de pájaros en un kilómetro cuadrado.
En ese paisaje de muerte sólo es posible la precariedad, la pobreza, la inmundicia, el desorden, la violencia y el caos. Y en esas decenas, centenares y miles de casuchas de plástico, sembradas en ese paisaje de muerte, sobreviven miles de personas dedicadas a extraer oro, el metal amarillo relacionado con el poder terrenal y celestial, y ocupados en otros mil oficios: prostitución, sicariato, mecánicos, comerciantes ambulatorios, vendedores de gasolina, transportistas, narcotraficantes, especuladores, ladrones, parchadores de llantas y un sin fin de ocupaciones más.